5.4.25

Génesis

En el principio

Digo, "principio" como si eso significara algo que uno pudiera señalar con el dedo en una línea de tiempo

 —pero no se puede—

Dios creó los cielos 

y la tierra.

Sí, Dios. El problema con esa palabra es que viene cargada, como un enchufe que hace chispas. Decís Dios y cada quien saca su mochila conceptual, la abre, y te lanza imágenes como un viejo con barba, una energía cósmica, una ausencia. Algunos hasta se enojan por default. Pero bueno, pongamos que es esa conciencia primigenia que no necesitó un porqué para encender el interruptor de todo.

Los cielos

no como postal ni techo pintado, sino el primer gesto de apertura, la idea misma de arriba. Una expansión. Un deseo. Que es lo más peligroso y lo más milagroso que existe. 

El deseo, digo. Si Dios deseó —y eso ya es una afirmación loca—

entonces no estamos tan lejos. A veces uno quiere 

un té caliente en medio 

del caos 

y eso ya es parte 

de la creación.


Y la tierra,

ese amasijo desordenado,

 esa

posibilidad de caída.

Un escenario para que algo

 se derrame.

Algo como nosotros.

¿Y nosotros? 

Una nota al pie del génesis,

 tal vez. Un glitch. 

O el centro de todo, si te preguntás a vos mismo en una noche de insomnio 

y café recalentado.


Pero el principio no terminó, ¿sabés?

Sigue pasando.

En cada silencio entre dos que no se atreven,

en cada trueno que no

 avisa,

en cada algoritmo que cree

 que puede prever el amor.


El principio no fue un

 punto,

fue un pulso.

Y sigue latiendo.

4.4.25

Cuando las Estrellas se Apaguen




Cuando las estrellas

 se apaguen

 —y se apagarán—

no habrá un estallido

 ni un anuncio,

sólo un silencio nuevo,

como si el universo

 por fin aprendiera a callar.


Vos y yo quizás

 no estemos ahí,

pero alguien, 

en algún rincón minúsculo

 de lo que quede,

dirá, 

"¿te acordás de la luz?"

como si recordarla

 alcanzara para encenderla

 de nuevo.


El problema

   —me dirías

                       vos—

no es que se apaguen,

sino que no sabemos 

mirar mientras brillan.

Y entonces, 

cuando ya no estén,

vamos a jurar 

que eran distintas,

que daban sentido, 

que decían algo.


Tal vez siempre lo dijeron

pero hablaban 

en un idioma 

que no supimos oír

porque estábamos 

muy ocupados

intentando parecer

 normales.


Cuando las estrellas

 se apaguen,

no habrá un fin glorioso,

sólo un eco de todo 

lo que no dijimos,

y una sensación molesta 

en el pecho

como cuando sabés 

que deberías haber

 llamado

y no lo hiciste.


Entonces 

 —si hay un

                   entonces—

no pidamos respuestas,

sólo que alguien,

en alguna parte,

vuelva a mirar el cielo

y diga sin miedo, 

"yo también 

         me siento solo."

19.3.25

 

Acomodó la llave en el picaporte, asegurándose de que quedara en el ángulo exacto. Luego fue hacia el balcón y lo vio irse.

Volvió adentro y cerró la puerta con suavidad. Se sentó en la silla del comedor, con las manos sobre las rodillas. Recorrió la mesa con la mirada. Todo estaba en su sitio.

El mate preparado sobre la mesa.

La yerba levemente corrida. La bombilla recta.

La llave en su lugar.

Comenzó a contar.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez.

Veinte.

Cuarenta.

Respiró hondo. Él volvería. Tenía que volver.

Así había sido la última vez.

El silencio la envolvió, pesado, conocido. Todo estaba bien. Todo estaba alineado.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez.

Veinte.

Cuarenta.

Pero entonces, sin querer, su pierna comenzó a moverse. Un temblor, arriba, abajo.

El aire se espesó.

Se quedó helada.

No.

No.

No.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez.

Veinte.

Cuarenta.

El mate sobre la mesa.

No.

No.

No.

No, no, no.

Algo se había roto. Algo que no podía ver. Revisó el celular.

Uno.

Cinco.

Cuarenta.

Cuarenta otra vez.

No.

No.

No, no, no.

El pecho se le cerró de golpe.

Se inclinó hacia adelante, tragó aire, pero el aire no bajaba.

Un sacudón.

No, no, no, no, NO.

La pierna tembló otra vez. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

Lo arruiné. Lo arruiné. Lo arruiné.

El mate sobre la mesa.

El picaporte demasiado lejos.

Él no volvía.

Se agarró las rodilla con fuerza. No, no, no.

Mañana.

Mañana.

Mañana lo haría bien.

Mañana él volvería.

Mañana.

Mañana.

Mañana.

16.3.25

La Historia que Nunca Escribimos




Me prometí a mí misma

que nunca sería como ella.

Que nunca obligaría 

a nadie a quedarse. Pero

anoche cerré la puerta, 

y cuando escuché 

sus pasos alejándose,

apreté la llave 

en la mano...

esperando que volviera.

El Abrigo de mi Padre

 


Mi Padre nunca creyó 

en la pertenencia

 de las cosas.

Las cosas, 

decía, 

son solo el puente

 entre dos almas.

Yo lo vi sacarse la campera

 bajo la lluvia,

bajar del auto 

sin dudar,

y dársela a un hombre

 que buscaba en la basura,

como si el frío ajeno 

le doliera más 

que el propio.


Lo vi sacarse 

los pullovers,

uno tras otro,

como quien deshoja

 el invierno,

dejando su abrigo 

en manos ajenas

sin pensar 

en el siguiente frío,

sin miedo 

a quedarse sin nada.


Nunca le preocuparon 

las cosas,

porque él no se medía 

por lo que tenía,

sino por lo que podía dar.


Después de su muerte,

 tomé su acolchado,

un tigre hermoso 

impreso en la tela,

y se lo puse a mi hija.

"El abuelo te va a cuidar 

de noche", le dije,

y la arropé con su calor,

como si en la suavidad 

de esa tela

quedara aún su abrazo.


Pero lo extrañaba

 demasiado.

Lo extrañaba 

en los silencios 

donde su voz afónica

ya no estaba.

Así que lo cambié,

 y me lo quedé yo.


Cada noche me cubría

como si pudiera 

traerlo de vuelta,

como si el tigre impreso

 en la tela

ronroneara su recuerdo,

como si el peso

 del acolchado

sostuviera su ausencia.


Hasta que un día entendí 

su verdadero designio.

Las cosas solo viven 

si circulan,

si encuentran otro cuerpo

 que las necesite.

Así que tomé aire, 

apreté los dientes,

cerré los ojos 

y regalé el acolchado

 que más amaba,

ese que me dolió 

hasta el alma soltar.


Pero no lo perdí.

Porque en ese instante 

supe que mi Padre

no se había ido.

Que él no estaba en la tela,

ni en el peso del abrigo,

sino en cada gesto

en cada entrega 

sin medida,

en cada abrigo 

que aún sigue circulando,

como su memoria,

como su abrazo invisible.

4.3.25

 Sos capaz de mucho más de lo que creés. Aunque tu mente —esa narradora incansable— insista en convencerte de lo contrario. No es la realidad la que te limita, sino la historia que te contás. Pero si prestás atención, vas a notar que esa voz no es tuya, sino el eco de miedos heredados, susurros ajenos que no te pertenecen.


Así que avanzá. El año empieza el día que vos decidís que empiece. La vida no se detiene sola, solo se detiene si vos la frenás. 

Porque al final, sos la dueña del aire que llena tus pulmones, del pulso de tus pasos, de cada intento, de cada vuelta de página.

Sos la dueña de todo lo que viene.

Si te aferrás a la misma página, la historia nunca avanzará. Soltá. Pasá la hoja. Escribí lo que sigue, con tu voz, con tu verdad.

22.2.25

El Club de las Emociones Reincidentes (o Cómo No Convertir tu Vida en un Taj Mahal de Puras Pavadas)

Las emociones duran treinta segundos. TREINTA. SEGUNDOS.

Eso es lo que tarda un semáforo en ponerse en verde, lo que tarda un mosquito en arruinarte la noche, o lo que necesitas para darte cuenta de que esa persona que te gusta tiene una risa demasiado parecida a la de un villano de la película. Después de eso, lo que sea que sigas sintiendo no es más que una repetición voluntaria, como cuando sigues viendo una serie mala solo porque ya empezaste la temporada.

Y aquí es donde entra el Taj Mahal. Porque sí, nos han dicho que es “una de las maravillas del mundo” y “un símbolo del amor eterno”, pero la verdad es que es un monumento a la incapacidad de soltar.

El emperador Shah Jahan perdió a su esposa y, en lugar de hacer terapia o ponerse a entrenar para distraerse, decidió gastar una fortuna en un mausoleo de mármol blanco. Veinte años de construcción. Miles de obreros. Un proyecto de infraestructura basado en “no superé a mi ex”.

Y lo peor es que seguimos haciendo lo mismo, le damos espacio premium en nuestra cabeza a gente que ya ni nos recuerda. La ex , el amigo que no te contestó un mensaje, el vecino que te miró raro. Todos ellos siguen ocupando un lugar en tu mente como si pagaran alquiler, cuando en realidad están viviendo gratis.

Ahora, pausá para hacer un ejercicio de imaginación: si el Taj Mahal se hubiera construido en Argentina, el resultado habría sido una obra abandonada con un cartel que dice “PRÓXIMA INAUGURACIÓN – 2048” porque al presupuesto se lo robaron entero. Los funcionarios hubieran declarado en la tele que "el mármol no llegó porque la licitación se cayó", y en su lugar, la tumba de la esposa del emperador estaría en un galpón con paredes de durlock y techos de chapa. Básicamente, el tipo hubiera terminado en la TV diciendo "me estafaron, me arruinaron la vida", pero la culpa no sería suya, sino de su falta de herramientas emocionales.

Y hablando de herramientas, dejemos algo en claro: si estás atascado en una emoción que ya pasó, es porque no tenés más recursos que las Mickie Herramientas de Mickey Mouse. No es que te arruinaron la vida, es que no sabés cómo construir otra cosa con lo que tenés. Y si eso te suena duro, bueno, hacete el favor de dejar de victimizarte y ponete a buscar aunque sea un destornillador emocional básico.

Y el amor. Ah, el amor. Te enamoraste durante treinta segundos, como cuando ves un cachorro y sentís que lo necesitás en tu vida. Pero después, tu cerebro decidió convertir ese momento en una superproducción de Hollywood, editando todas las partes en las que la persona en cuestión decía cosas como “para mí la Tierra es plana” o “ Tinelli después de la temporada 15 siguen siendo bueno”. Básicamente, construiste tu propio Taj Mahal mental, con cada recuerdo embellecido artificialmente, sin darte cuenta de que el mármol de tu amor era cartón pintado.

Y el perdón. Ah, el perdón. Nos lo vendieron como un acto divino, pero en realidad es una simple cuestión de mantenimiento mental. No tiene nada de heroico ni de elevado, es simplemente cerrar la pestaña mental donde sigues discutiendo con alguien que ni se acuerda que existís. No es un sacrificio, no es espiritualidad, es liberarte de una suscripción emocional que nunca pediste.

Obviamente, hay límites. Nadie te está diciendo que invites a un asado [1] o una cerveza[2] a la persona que te hizo sentir que la amistad no existe. Pero tampoco hace falta que sigas conservando rencores como si fueran documentos de AFIP que hay que guardar por diez años.

Así que basta de construir mausoleos mentales. Si el emperador Shah Jahan hubiera vivido en 2024, en vez de hacer el Taj Mahal, habría estado stalkeando a su ex en redes o publicando frases pasivo-agresivas en Instagram con un filtro sepia. Y si crees que no estás haciendo lo mismo, fijate bien.

Así que, por favor, no conviertas tu vida en una licitación eterna para construir el Taj Mahal de tus dramas, porque al final, nadie va a hacer turismo en tu sufrimiento, y encima te vas a quedar sin presupuesto para cosas más importantes, como ser feliz o al menos compartir un buen mate.

Nota al pie:

[1]Soy vegetariana así que zafo de ese quilombo del asado.

[2] No tomo alcohol así que puedo ver claramente como se ven los demás tomando para emborrachar su pobreza mental.



 

Génesis

En el principio Digo, "principio" como si eso significara algo que uno pudiera señalar con el dedo en una línea de tiempo  —pero n...