En el principio
Digo, "principio" como si eso significara algo que uno pudiera señalar con el dedo en una línea de tiempo
—pero no se puede—
Dios creó los cielos
y la tierra.
Sí, Dios. El problema con esa palabra es que viene cargada, como un enchufe que hace chispas. Decís Dios y cada quien saca su mochila conceptual, la abre, y te lanza imágenes como un viejo con barba, una energía cósmica, una ausencia. Algunos hasta se enojan por default. Pero bueno, pongamos que es esa conciencia primigenia que no necesitó un porqué para encender el interruptor de todo.
Los cielos
no como postal ni techo pintado, sino el primer gesto de apertura, la idea misma de arriba. Una expansión. Un deseo. Que es lo más peligroso y lo más milagroso que existe.
El deseo, digo. Si Dios deseó —y eso ya es una afirmación loca—
entonces no estamos tan lejos. A veces uno quiere
un té caliente en medio
del caos
y eso ya es parte
de la creación.
Y la tierra,
ese amasijo desordenado,
esa
posibilidad de caída.
Un escenario para que algo
se derrame.
Algo como nosotros.
¿Y nosotros?
Una nota al pie del génesis,
tal vez. Un glitch.
O el centro de todo, si te preguntás a vos mismo en una noche de insomnio
y café recalentado.
Pero el principio no terminó, ¿sabés?
Sigue pasando.
En cada silencio entre dos que no se atreven,
en cada trueno que no
avisa,
en cada algoritmo que cree
que puede prever el amor.
El principio no fue un
punto,
fue un pulso.
Y sigue latiendo.