Lo que arde es Juan Antonio ROJAS

Aquel trabajador plantó semillas
tan fuertes bajo ese mineral
y no alcanzó a saber
de aquel terrible carbón en combustión
a orillas del pacífico
por rojo
que luego vendría a ser
del viento en traslación por Argentina.


¿ Acaso aquel minero
primogénito Padre del carbón
sería hoy en día
el Padre de todos los poetas?




Técnico carbonífero del gran alumbramiento
de sed inagotable, concierto que da el agua,
pan de oscuros.


¿Y de aquel yacimiento
será que fuimos 
paridos los esquizos?


Porque somos tropel, montando a pelo limpio


                 ¡ al colorado todos!
Libérrimo animal del
rayo y el relámpago, que acaso sean lo mismo.


Padre del animal, encendidos,
todos los que te amamos, sabemos muy bien
de no ser dignos.


Pero aún así cantamos al año 21 mineral.


Oh! Padre del animal y Padre nuestro,
          - aquí estamos llamándote,
             tus hijos .-

Huidobro

Otra vez casi amparándose
en el último soplo de la noche
vienen a mí. Huidobro.


Vienen a mí sobre la luz de las cenizas
como anunciándole perfume a la mentira
de la cárcel que silba.




Por los hilos como los pájaros,
cuando íntimos descifran
 mañana 
                                  en claridad.


Y para todos será cuestión de fe.


Vienen a mí por sobrias del exilio
y oscuras caen Vicente, 
                   tus palabras
                      para bordar mis ojos.

Fragancia

la tarde se ilumina
y en la articulación
los gestos se desgajan
a modo de una flor
con su fragancia
ahora, que es un verde
primavera, sólido,
te vas en torno al sol
mientras te pienso
mi corazón de agua
                                  canta

Todavía

La memoria
se hincha
por los pies

y reverdece.
Nada se olvida.
No hay en mí

resignación.



El nombre del Lenguaje

Un todo sin sentido en la razón barrida de razones
una apariencia errada de los signos
una incredulidad que desengaña.
.

un monólogo
el corazón descalzo
una canción desnuda por la piel
tu nombre se escribe entre mis manos
y las cosas giran al revés como un lienzo bordado de papel




La pena de las mujeres

El ojo abre la vendimia de poetas que rezan oraciones
una y otra vez para encontrar atajos de ciudad
que humea un hartazgo parecido
al encadenamiento de los pensamientos.


Cárcel de constelaciones donde las mujeres
no pueden mirar arriba de sus hombros.


La ciudad se vuelve en contra cuando amasan
sueños de cielo con las manos y en las catedrales
son sólo un instrumento de procreación.


Con una boca hermosa tragan de a poco
lo digno que les queda, así son las mujeres con sus penas,
así es como todo tergiversa el río y el aire huele
a espanto en heridos umbrales de las casas.


Ellas despegan los labios de la mesa
para empuñar misterio en los parajes,
alertas al tanteo soberbio del séptimo día,
increíble vuelo mortal de estupidez.


Las mujeres de ojo milenario con una prole larga
desenvainan tiempo en torbellinos y de repente
todo el sistema solar pende de un hilo.


En mi ciudad de barro desarman la pena,
la cuerean, para comerla cruda, lo que siempre falta
es explosión de tiempo, centésimas para cazar
incrédulas serpientes con la mano.


Más hondas de exceso en las miradas
que ciñen por todos los costados
cuando la metamorfosis de la naturaleza
derrocha su auge en la memoria.


En un sonido noctámbulo de pájaros
que bailan al ojo del amo para engordar ganado.


Así, galopan descalzas sobre la uva creada
con nombre de reencarnación donde los hombres
esperan vertiginosos la caída y compran la pureza
que yace en ellas con plantaciones de palabras
errantes parecidas a la lluvia en forma horizontal
como un reloj que baila, haciéndolas llorar, allí en lo oscuro.

No era un animal lo que giraba



Eros da hilo al cabestro tejido de años luz,
brioso cuando el tiempo minúsculo corteja
una leve voladura bajo la curva aérea.


Filtra su llaneza en la palabra y de repente
navega al ras del reino etéreo y fugitivo,
tormenta fértil cuando acude instantánea
para encender mística su orilla, designios
que anida todo o nada en su profundo mar.


Quizás el amor los hace indignos de aquella
vertiente pura donde chispean aún acertijos,
felicidad a medias, poniente de sonrisas,
diagonal de sueños, destinos, talismanes
sembrados todos de eléctricos instantes,
pasión que sólo dibuja aquel lenguaje.


Al aire voltaje alto, vestido mineral,
ardiente, regido por una gran legión
de guerreros con una insignia pura,
bebiéndose del cántaro su agua.


No era el movimiento de un caballo
montando bajo el bullicio sombras,
no, no era el animal lo que giraba
desterrado mezclándose en la luz
comiéndose de ella la mitad.


Eran iguales en bifurcación partida,
evocando la eterna lucidez de inmunes
constelaciones bajo los signos de agua.


Destinados a gozar, ser únicos de especie,
era amor del puro y no otra cosa lo que hacía
el milagro de los dioses pararse sólido frente
al tálamo desnudo del origen, regocijarse
acaso, hubiera sido esto en otro ocaso.


Geografía del deseo, albor de saberse
concretos al calor de aquel fuego sujeto
hacia la gloria, eje templado en espiral,
majestuosa danza de flechas arqueadas
que parecían rugir volcánicas
al son del brillo humedecido
en el galope izquierdo de un timbal.